«¿Por qué me habrá matado ese hombre?».
Se esfuerza en alzar los párpados agonizantes, que parecen hechos de plomo al rojo vivo. El fuego que precede al hielo. Siente el burbujeo. Sangre brotando de sus heridas, llevándose en cada gota un segundo de su existencia. Una bocanada de aire le resulta un esfuerzo titánico.
Trata de mover los dedos de las manos. Son de cartón. ¿Qué es lo que tiene enredado en ellos? Parecen cuentas de un rosario. ¿Por qué sostiene un rosario, si nunca ha sido demasiado religioso? Quizás sería una oportunidad. Si le quedaran fuerzas… Si consiguiera recordar las palabras de alguna oración.
Padrenuestroquestasenloscielos…
En la oscuridad opresiva, sofocante, de la tienda cerrada y nocturna, ve a la sombra rebuscando en los anaqueles. ¿Qué libro puede ser tan imprescindible como para arrebatar una vida?
Sus ojos ya velados se fijan en la obra que la sombra lleva en la mano. Le parece reconocerla: ¡el libro del francés!
A pesar del tormento de las múltiples heridas, Adelí Bonanova se afana en no dejarse caer en el foso. Sabe que es una batalla inútil, pero su espíritu lucha desesperadamente. Quedan demasiadas cosas por hacer; por saber. No es justo tener que renunciar a ellas.
Nota un hilo de saliva amarga deslizándose por la comisura de los labios entumecidos. El cuerpo, pesado, se deshace sobre la mesa. Ha sido a traición, por la espalda. Punzadas terribles en la carne. Dolor ácido en las sienes.
Sufrimiento que no le da tregua.
Sombras que lo van vistiendo, mientras la agonía lo va desnudando.
Percibe el goteo de su propia sangre. La muerte siempre busca sumergirse en las profundidades de la tierra. Como si partiera en busca de las puertas del infierno.
En realidad, ese último tamborileo que captan los oídos del viejo librero son los pasos de su asesino alejándose.
Luego, el silencio.
La nada.
Los muertos no saben que están muertos.